Con motivo de mi asistencia a un seminario acerca del sufismo de Ibn Arabi en la localidad soriana de Santa María de Huerta (Soria) el 18,19 y 20 de septiembre, de la mano de Pablo Beneito, nos acercamos a ver las estancias abiertas al turismo en el monasterio cisterciense de la localidad.
El púlpito y la escalera
José María Martínez Frías, en su tesis de licenciatura (y libro) sobre el gótico soriano describe el púlpito de este modo: «Se aviene bien con los principios del hispanoflamenco. Consta de un tambor, de 1’40 m . de diámetro, ornado con tracerías flamígeras y temas botánicos, concebidos con el naturalismo propio de la época. Debajo del tambor se suceden escalonadamente una serie de cuerpos -el central dotado de repisas con roleos, de abolengo mudéjar-, sostenidos por una columna con basamento poligonal. Es posible que este púlpito se levantara, sustituyendo a otro anterior, en 1510, fecha en la que, se cambiaron las vidrieras de las ventanas».
En cuanto a la escalera, abierta en el muro como acontece en los monasterios de Poblet y Rueda, señala: ,»Está formada por una serie de arquillos por tranquil – menos el primero y los dos últimos que son apuntados, y el que da ingreso al púlpito que es semicircular -, dispuestos sobre columnas de fuste octogonal y capiteles de crochets. El espacio interior está distribuido en tramos por arcos transversales, a manera de fajones, sobre los que, en vez de bovedillas, descansan losas planas, solución esta última un tanto primitiva».
Igualmente nos dice Martínez Frías que la parte baja del refectorio debió terminarse en vida de su promotor y sufragador, Martín Muñoz -mayordomo mayor de Enrique II y sobrino del primer abad de Huerta (san Martín de Finojosa), obra iniciada hacia 1215 en opinión de Erwin Hermann Lambert.
Beneito advirtió que la escalera estaba formada por diez espacios ascensionales desde el rellano inicial al final, lo que nos daba un número revelador, el uno (10+1=1), la unidad, con todo lo que ello implica.

Curiosamente también son diez los ventanales de este muro oriental del gran refectorio de Santa María de Huerta.
Los refectorios, como se sabe, eran los espacios monacales en los que los monjes se reunían dos veces al día para «alimentar el cuerpo», pero lo hacían dentro de un marco sacro, como destaqué a mis compañeros del citado seminario akbariano, tal y como establece la Regla de San Benito, y que podemos leer a continuación.
Silencio y lectura sacra mientras se come o cena (Regla de San Benito)
Capítulo XXXVIII. Del lector semanero
1 En la mesa de los hermanos nunca debe faltar la lectura; pero no debe leer el que espontáneamente coja el libro, sino que ha de hacerlo uno determinado durante toda la semana, comenzando por el domingo.
2 Este comenzará su servicio pidiendo a todos que oren por él después de la misa y de la comunión para que Dios aparte de él la altivez de espíritu.
3 Digan todos en el oratorio por tres veces este verso, pero comenzando por el mismo lector: “Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza”.
4 Y así, recibida la bendición, comenzará su servicio.
5 Reinará allí un silencio absoluto, de modo que no se perciba rumor alguno ni otra voz que no sea la del lector.
6 Para ello sírvanse los monjes mutuamente las cosas que necesiten para comer y beber, de suerte que nadie precise pedir cosa alguna.
7 Y si algo se necesita, ha de pedirse con el leve sonido de un signo cualquiera y no de palabra.
8 Ni tenga allí nadie el atrevimiento de preguntar nada sobre la lectura misma o cualquier otra cosa, para no dar ocasión de hablar;
9 únicamente si el superior quiere, quizá, decir brevemente algunas palabras de edificación para los hermanos.
10 El hermano lector de semana puede tomar un poco de vino con agua antes de empezar a leer por razón de la santa comunión y para que no le resulte demasiado penoso permanecer en ayunas.
11 Y coma después con los semaneros de cocina y los servidores.
12 Y no lean ni canten los monjes por orden, sino los que edifiquen a los oyentes.
Alimento maná
En mi breve exégesis simbólica del conjunto arquitectónico del púlpito indiqué que, a mi modo de ver, el hecho de que la refección monacal estuviera enmarcada en la escucha de lo que el lector semanero leía desde el púlpito, sacralizaba la comida y bebida, pasando a convertirse simbólicamente el alimento en «maná», cual alimento celeste (siendo el referente bíblico el maná que caía sobre los israelitas en el desierto siguiendo a Moisés).
Claro.., esta concepción nos enlaza arquetípica-simbólicamente con la transformación del pan y vino eucarísticos de la misa en la «carne y sangre» de Jesús (que significa «Salvador»).
Por otra parte quise insistir en el caracter «sacro» de todo el refectorio, cuya magneficencia es extraordinaria (Para Lambert es una de las obras más puras y elegantes de la arquitectura gótica francesa fuera de Francia), dado que la puerta de acceso simula a la de una iglesia, tiene la fachada su rosetón, y dentro hay muchos vanos por los que la luz diurna ilumina el interior, convirtiendo la estancia, en «un cuenco de luz» como ha dicho Martínez Frías poéticamente. ¡Y cuánto resuena dentro de mí esta expresión del cuenco de luz , incluido las implicaciones griálicas de las fotofanías que tanto ha explicado Victoria Cirlot en algunos de sus libros!
Púlpito como cáliz de la Palabra divina
El lector semanero recita textos bíblicos mientras sus compañeros comen o cenan en silencio escuchando la Palabra de Dios (pues así se considera al texto bíblico inspirado por el Espíritu Santo, especialmente al Nuevo Testamento). En la misa también hay lecturas bíblicas, como acontece aquí, en el refectorio.
Y advertí a mis compañeros de que en el evangelio de Mateo se puede leer que Jesús les advierte a sus discípulos: «No solo de pan vivirá el hombre, sino también con toda palabra que sale por la boca de Dios». Lo cual, como señalé, se encuentra ya en el Deuteronomio del Pentateuco: «te sustentó [Israel] con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido; para hacerte saber que el hombre no vivirá sólo de pan, sino igualmente de toda palabra que sale de la boca del Señor «.
A continuación les hice reparar en la similitud formal iconológica entre el cáliz y la estructura arquitectónica del púlpito de Santa María de Huerta.

Y hablar de cálices en un contexto de «comida-bebida» eucarística está ligada, en el imaginario occidental, al santo cáliz de la última cena en la identificación literaria creada (e inventada) por el monje Robert de Boron, que tan rápidamente fue incorporada y divulgada en el ciclo griálico de la literatura medieval.
¿Qué contuvo el cáliz griálico de Robert de Boron y sus seguidores? La sangre de Jesús crucificado, siendo considerada la sangre como elemento sustancial de la «vida» humana del «dios encarnado»..
¿Y qué contiene el cáliz-púlpito del refectorio cisterciense de Santa María de Huerta cuando el monje lector semanero santifica la refección de sus compañeros con su lectura? Pues ni más ni menos que el texto bíblico que recoge la esencia del conocimiento divino: la Palabra de Dios. ¿Y no es, por tanto, «griálico» todo ello.?
Es más, hay que recordar que en las versiones «crístico-griálicas» surgidas a partir de Robert de Boron, el grial también es considerado como un LIBRO SANTO.
Ahí lo dejo… quizás en otra ocasión ahonde más al respecto.
Salud.